Como títere sin cabeza.

Es rídiculo pensar que un mal justifica otro, que el robo justifica el hurto, porque es un “mal menor” y en estos tiempos vivimos, una lucha desde una radicalidad gótica, por lo oscura, una predisposición al exhibicionismo de la fuerza, el insulto sin gracia y la decadencia de la inteligencia.

Me sorprenden la delicadas formas de las piedras de los ríos, hasta ellas se vuelven menos toscas por el paso del tiempo, pero nosotros no, seguimos con los mismos ángulos obtusos.  Mi sicoterapeuta siempre intentó llevarme al centro, porque en los extremos, existe o la genialidad o la perversión, entendiendo como perversión, el olvidarse de uno mismo, la peor de la prostitución posible, vender nuestra alma, para convertirnos en los pensamientos ajenos.

Y aquí estoy yo, impertérrito, viendo que quizás no sea tan radical como pensaba, que no estoy entre negros y grises con algún color encerrado, que la exclusividad de la radicalidad ya no la tengo, ni la tuve, que a fin de cuentas, me muevo mucho más en la normalidad, en lo vulgar, en lo corriente y lejos de asustarme me reconforta, ¿quién quiere ser títere sin cabeza? ¿quién quiere ser la reina de corazones? Yo no, porque si para ello he de dejar de ser yo, para convertirme en tú que estas leyendo esto, no tiene ningún sentido, porque aunque lo he intentado con fuerza, no puedo dejar de ser yo mismo, porque hay batallas que solo ganamos cuando nos rendimos y otras que incluso ganamos, cuando perdemos, porque ganar es casi siempre, perder en alma para ganar en ego.

 

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