La envidia nunca es sana.

Jaime me pasó este artículo “La envidia como una de las bellas artes” el cual recomiendo por la forma en la que está escrito. Comenta que en España la envidia es menos inspiradora, cuando habla de EEUU: “La envidia. Otra vez la envidia moviéndolo todo. Activando las neuronas desde las tripas.”

Pero cuando llega a España: “La envidia española es distinta. Más cotidiana, pero menos inspiradora. La envidia española se evapora en el ejercicio de la difamación.”

La envidia nunca es sana, porque no procede de la inspiración, procede de desear lo que el otro tiene, es  como tener sed, un vaso de veneno en la mano y esperar que el otro se lo beba. La envida es amarga, oscura, verde, por lo putrefacta, no por la esperanza que también es de ese color, o bien podría ser la esperanza de tener lo que el otro, pero no basta con tener lo mismo, el otro no ha de tenerlo, la envidia no busca jamás la igualdad, busca la superioridad.

La envida es nefasta, porque se basa en la comparación, él tiene ese coche que es mejor que el mío, por lo que yo soy peor, es como siempre: olvidarnos de nosotros, para depender de los demás, es tan sencillo darnos cuenta de los males del capitalismo.

Otra cosa bien distinta es que en España seamos críticones, maléficos, un vistazo a T5 es suficiente para darnos cuenta de que el insulto gratuito vende, la denigración del otro como ensalzamiento personal, pecados pensamos que veniales, pero que son como las medusas, en apariencia estéticas flotando en el mar, pero corrosivas y de veneno duradero.

Yo que conozco bien la envidia, el compararme para salir siempre perdiendo, puedo afirmar que la envidia nunca es sana, no es el motor adecuado para ponernos en funcionamiento,  porque desear lo que el otro tiene, es en muchos casos olvidarnos de la sencilla pregunta ¿realmente lo quiero? Y generalmente es no, porque para querer el coche del vecino, también debes querer su vida y quizás eso, ya no nos interese tanto.

La envidia es la bruja de Blancanieves frente al espejo, es querer ser la más bella del reino,  como si la belleza diese la felicidad, como si algo que se puede perder no produzca miedo a su pérdida y por lo tanto lo contrario de lo que buscamos: nuestro bienestar.

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