Asertividad

Me cuesta decir lo que pienso, decir no cuando quiero decir no y al contrario, supongo que es un problema cultural, porque hay bastantes libros de autoayuda sobre el tema, que al final se resumen en lo obvio y que quizás por esto se nos escapa, tengo derecho a decir que no.

También a no responder, al silencio, a no decir nada que me comprometa o a empezar a dejar de participar en conversaciones de las cuáles no saco nada. Y no es que ahora sea un santo, pero sí soy consciente de que lo único que puede aportarme es basura. Las críticas y las quejas no suelen servir de nada.

Se suponía que escribir este blog cada día sería más fácil, porque la creatividad también se desarrolla, pero cada vez me resulta más complicado, muchas cosas las encuentro complicadas en estos momentos.

Y entonces voy a un Mercadona, suelo ir poco porque es el supermercado que menos me gusta, veo las caras sonrientes y parlanchinas de los cajeros y pienso que mi vida podría haber sido eso, una cara sonriente y parlanchina, expectante porque haya un programa en la televisión, que el lugar de vacaciones ideal sea una playa abarrotada con un chiringuito cerca. La vida no es sobre conseguir sueños, es sobres ser feliz y muchos de nuestros sueños son anclas que nos hunden en un océano de confusión, de falta de dirección que no sea tocar fondo, aunque desde ahí podamos tomar impulso. De no saber decir que no incluso a aquello que aparentemente es bueno como una oferta de trabajo en un sitio donde nos pagan más y no nos apetece ¿cómo vamos a decir que no? Y volvemos a olvidarnos de nosotros, de nuestros gustos, nuestra tranquilidad.

Ahora mismo me imagino feliz en un piso en Málaga cerca del mar, mirar las estrellas, la luna, respirar y sentir el olor a sal. Hay dos inmensidades que me relajan, ninguna la tengo en Madrid, ni el cielo, ni el mar. Y creo que no me importaría ser una cara parlanchina en un supermercado pues debe ser maravilloso lo cotidiano, el levantarte con alguien y darle un beso, tomar un café y poner la televisión de fondo, olvidarse de mis pretensiones y pasear un perro. Decir que no a los demás, cualesquiera que sean, y decirme sí a mi mismo.

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